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El pasado nos traiciona


“Cuando pienso en lo que viví, me pongo muy triste”, me cuenta María. Mientras cruza los dedos de sus manos como queriendo atrapar ese recuerdo y ahogarlo.
“Usted no se imagina lo que sentía, cuando mi padre me lanzaba esas palabras tan duras, tan violentas; se olvidaba de que yo apenas tenía doce años y ni siquiera sabía a lo que se refería”.
La escucho con atención, viajo con ella en el tiempo, y aparezco ahí parado, al lado de la mesa; y casi puedo escuchar a su padre derramando odio contra su hija, con palabras sin sentido, que en realidad parecía que no iban destinadas a la ella, sino a su esposa, quien lo abandonó hace un año, por golpearla sistemáticamente por más de diez años.
La violencia del padre transformó la construcción natural del mundo de María; ahora ella dice que ya no confía en los hombres, y que tiene miedo de que alguno la maltrate, a pesar de que nadie lo ha hecho aún. María vivió condicionada por la relación violenta con su padre, y a pesar de que ahora, a sus veintidós años sabe que no quiere eso para ella, aún vive esa violencia en sus pensamientos.
María se ha dado cuenta que pensar en ello la pone triste; y cuando eso sucede, no quiere ir a la universidad, ni trabajar en la ferretería de su tío, ni salir con sus amigos. Nada. Sólo quiere seguir preguntándose por qué le tocó vivir una vida así.
El pasado ―le menciono―, nos traiciona, en el sentido de que nos impone esa historia única sin espacio para nuevas memorias que dejamos de vivir en el presente, por “vivir” en el pasado. Esas cadenas que te atan al pasado, pueden ser la razón de tu tristeza. Puedes seguir “remoliendo” tus recuerdos y pensar en los porqués, buscando una o varias razones de por qué tu padre te violentaba; y tal vez encuentres respuestas; pero todo lo que encuentres, ¿te serviría para vivir tu presente?
El pasado puede servirte como referencia para el presente, pero no puede ser parte del presente. “¿Qué referencia buena puedo sacar de mi pasado?”: que ahora sabes que no quieres un hombre violento ni para ti ni para tu familia (cuando la tengas); que a pesar de lo que has vivido estás acá, sentada buscando sentirte mejor, buscando nuevos caminos para vivir tu vida; que amas a tu padre, a pesar de cómo actuó. El pasado te marcó y no podrás cambiarlo ni olvidarlo, pero sí podrás decidir aceptarlo tal cual se dio, pues tú no hiciste nada para que esa violencia se encarnizara contigo.
Si pudimos construir mentalmente el pasado, también podremos construir mentalmente un mejor presente: ¡en tu mente, todo es posible!


Eduardo Farfán Cedrón








 



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